martes, 23 de marzo de 2010

Prevención contra la felicidad

He descubierto que soy más feliz desde que no me interesa la felicidad. ¡Madre mía, con lo que yo he sufrido para alcanzar la meta de la felicidad desde aquel remoto día en que leí el "Beatus ille" de Horatio!. Pues mira, ya no me interesa. Vivo al día y me apaño con lo que el día da de sí. Y es que he descubierto que la felicidad tiene un sin fin de contraindicaciones.
1ª.- Si yo soy feliz, a lo mejor es que otros son desgraciados a causa de mi felicidad. La vida es como la orografía de la Tierra, a una montaña le sigue una depresión, lo mismo que al lado de un valle siempre hay una montaña. Sí, ya sé que eso ha ser siempre así, pero yo no quiero ser montaña y dar siempre sombra al valle.
2ª.- La felicidad causa envidia en tus próximos. Lo he experimentado en mis propias carnes. Yo aparento ser feliz. (Porque la felicidad es una apariencia). La gente que está a mi lado sufre porque no encuentra el camino. ( Yo aparento que lo he encontrado). Las personas que viven a tu lado y te ven tan feliz tratan de que no lo seas. (Zancadilla). Así es que la felicidad no trae más que problemas y el que aparenta ser feliz es un hipócrita, porque aparenta.
3ª.- La misma felicidad debería hacerte sentir desgraciado. Mira a tu alrededor y lo sabrás. Enfermedades, hambre, guerras, malos rollos. ¿Quiero decir con esto que todos deberíamos ser desgraciados? No, de ninguna manera. Solo quiero decir que no debemos ser hipócritas. En estas condiciones, si quieres ser feliz tienes que aislarte, meterte en una burbuja para no ver el sufrimiento que hay a tu alrededor.
4ª.- La felicidad adormece la creatividad. Eric G. Wilson en su libro "Contra la felicidad", aboga por una cierta melancolía, precisamente para eso, para poseer un cierto poder creador. Si echan un repaso a los grandes poetas, músicos o literatos verán que en épocas de crisis personal crearon sus obras más impactantes. En esas circunstancias el alma vibra de un modo muy especial. Yo mismo lo he visto en mi vida. Cuando he estado en crisis, que ha sido casi siempre, he hecho hasta poesías.
Sin embargo hay otra clase de felicidad, que reside dentro de nosotros, que no sale al exterior, que no proporciona envidia, que te permite ser creativo a la vez que compasivo, que tiene que ver con las cosas pequeñas y sencillas, casi con la rutina de cada día, que no es explosiva, que te engrandece por dentro, que cambia tu mirada y la hace humilde y comprensiva, que es callada, tan callada que necesitas recogerte sobre ti mismo para sentirla con toda su fuerza. Esa felicidad no se piensa, sólo se siente. Es algo irracional y no tiene definición. Aparece cuando menos te lo esperas y dura lo que dura un rayo. Suele crecer en páramos donde el refinamiento, lo superfluo y lo artificial no tienen cabida. León Tolstoi decía "Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo". Vacíate de todo lo que no es necesario, especialmente del deseo de ser feliz, porque es la única forma de que de vez en cuando te des cuenta de que lo eres.



lunes, 8 de marzo de 2010

Ciertos inconvenientes de ser ateo

Yo tengo un amigo que es ateo o al menos eso dice él. Este amigo mío y yo compartimos el amor por el campo. Nos gusta sembrar y ver como crecen las plantas. Nos gusta cuidarlas y mimarlas. Nos gusta alimentarnos de ellas, de las que nosotros cultivamos, y nos gusta, incluso, regalarlas. Pero él es ateo y yo no. Yo tengo mis dudas, tengo mis altibajos, tengo mis sentimientos y también tengo mis tradiciones y sobre todo tengo lo que me pide el cuerpo. Él no. Él es ateo, se declara ateo y hasta se cabrea cuando le hablo de Dios. A veces me dice: "Yo no quiero saber nada de ese señor" "Todo eso son tonterías". Como hombre hecho en el campo cuando se enfada se "caga en Dios" y entonces yo le digo: "Ya te pillé". "Tú sí crees en Dios, si no no te podrías cagar en Él". Yo, para mis adentros sé que sólo es una forma de hablar. Pero, ¿y si además de eso trabajara un poco el inconsciente? Freud hablaba del "acto fallido", como un síntoma evidente de lo que trabaja en la trastienda de nuestro subconsciente. Cuando hablas con una persona tienes que estar atento a los "actos fallidos", a esas cositas que se te escapan y que tiene su importancia a la hora de formarte una idea del interior de esa persona. Como el chiste que alguna vez me ha contado mi hermanita por el que una chica llama a su amigo,
Miguel Fajardo, Miguel follardo y acto seguido se disculpa diciendo "Ay, en qué estaría yo pensando?
En otras ocasiones ha ocurrido que alguien que se declara ateo, ha recurrido a Dios como un acto reflejo o tal vez, como decía más arriba, como un acto inconsciente. Mi padre me contaba que en nuestra "gloriosa" guerra civil, él se encontraba en una compañía mandada por un capitán, que entre otras cosas era ateo. Estando defendiendo una posición y sabiendo que estaban rodeados de enemigos por todas partes, encontraron una salida cuando alguien desde una colina les hizo señas con una bandera blanca. Se acercaron sigilosamente hacia esa posición y cuando ya se encontraban cerca, los que creían que eran amigos se liaron a tiros con ellos. Claramente habían caído en una trampa mortal. Me contaba mi padre, como cosa que le llamó mucho la atención, que aquel capitán, cuando vio la mortandad que el enemigo estaba proporcionándole a sus soldados, no paraba de gritar "¡Dios mío!" "¡Dios mío!". Indudablemente todos sabemos que es una forma de hablar, pero ¿acaso este acto reflejo o inconsciente no querrá decir algo más? ¿Será este otro "acto fallido" del que habla freud?
Existen otras clases de ateos, que les podríamos llamar "ateos devotos". Oriana Fallaci fue un ejemplo de atea devota. Era atea y cuando murió donó su biblioteca al papa. O aquellos que no creen en Dios, pero sí en algún santo. Bueno creer en un santo es más fácil que creer en Dios, pues al santo se le ha visto y sus obras están ahí. Por eso esto no es una contradicción, creo simplemente que es un pequeño inconveniente. Existen otros ateos devotos que sin creer en Dios apoyan a la Iglesia Católica porque "irónicamente" dicen que es la verdadera o la que representa mejor nuestra sociedad.
Finalmente están los ateos apostadores. Les llamo así porque no creen a ciegas en Dios, sino que echan sus cálculos. Dicen más o menos así: "Vamos a ver. ¿Cuántas posibilidades tengo de que haya Dios?-Pues el 50%, porque no tengo pruebas ni a favor ni en contra. ¿Cuantas posibilidades tengo de que no haya Dios?- Pues otro 50%, por la misma razón. Así pues apuesto por la primera opción que me es más beneficiosa, pues si muero y resulta que hay Dios, pues eso que tengo ganado. A esto se le llama la "apuesta pascaliana". Estos son claramente ateos, pues sólo creen en Dios un 50%. Yo, sinceramente, como creo que si Dios existe no será tonto, no se va a tragar lo de esta gente y por lo tanto los mandará fuera del paraíso otro 50%. Otro inconveniente.
Finalmente, el gran inconveniente que le veo a un ateo es cuando decide tener relaciones íntimas con su pareja. Llegado el momento culminante del proceso no se le ocurrirá por nada del mundo gritar ¡Dios mío! ¡Dios mío!. Pues sí, hay muchos ateos que lo hacen y este "acto fallido", impresionante "acto fallido" del ser humano ateo, lo único que me demuestra es lo cerca que está la energía de nuestro universo de la divinidad (filosofía tántrica). Así pues el que quiera ser ateo de verdad, sin ninguna contaminación divina, que se abstenga de decir ¡Dios mío! ¡Dios mío! cuando esté en el "gori-gori". En su lugar le recomiendo un rebuzno erótico, que es algo que queda muy natural para estas ocasiones. ¡Y fuera inconvenientes!

miércoles, 24 de febrero de 2010

Principios

Cuando los valores humanos, unánimemente reconocidos por una comunidad o por los individuos en particular, se convierten en una norma de obligado cumplimiento, decimos que se tratan de principios. Un individuo sin principios, es un desalmado y yo creo que es hasta imposible que esto se dé, porque el mismo hecho de no tener principios supone un principio, que es no tener principios. Ser un hombre de principios es algo muy importante en una sociedad, es una garantía. Se puede confiar en él, se puede hablar con él, se puede tratar con esa persona. Por eso en la educación que nos dan nuestros padres o nuestros maestros se hace mucho hincapié en que el pupilo tenga en su haber una serie de valores que con el tiempo se convertirán en principios inamovibles, que serán una garantía en su relación con el resto de la sociedad.
Los principios han de ser profundamente humanos. No valen unos principios que vayan contra nuestros semejantes, contra cualquier otro ser, contra el orden legalmente establecido o contra las costumbres de todo un pueblo. A nivel individual, sí que podemos tener unos principios que aunque se opongan al resto de la comunidad, al menos no vayan contra su libertad o contra su integridad. Incluso esto último es bueno, pues la originalidad nunca está demás. En este sentido Kant en el siglo XVIII redactó su imperativo categórico que más o menos decía así: "Obra de tal manera que tu obrar se pueda convertir en una ley universal". Así si actúas según este mandato moral, digámoslo de esta manera, te aseguras que tu vida moralmente hablando sea impecable.
Estás actuando como una persona de principios.
Sin embargo, en cuanto a la universalidad de los principios, hay algunas objecciones. Los valores no son los mismos en todos los pueblos. Por ejemplo, la pena de muerte. Hay algunas sociedades que piensan más o menos así: "El que a hierro mata a hierro muere".Eso es un principio. Hay otras, que como sabéis ya tiene abolida la pena de muerte. Por lo tanto los principios, algunos de ellos, no pueden ser considerados universales ni en el tiempo ni en cuanto a la totalidad de la población. Lo que ayer fue un valor hoy no lo es y lo que es bueno para mí puede que no lo sea para ti. De aquí podemos deducir que en los principios hay algo de subjetividad, tanto a nivel individual como de población. Por lo tanto algo que por definición tendría que valer para todo el mundo y para todos los tiempos, vemos que esto no puede ser.
De esta manera entramos en un relativismo moral. Amigos, ya no estamos en el siglo XVIII. Ahora pensamos y sabemos que otros principios que no son iguales que los nuestros o incluso se pueden oponer a los nuestros son dignos de ser respetados, porque son tan universales como los nuestros o tan no universales como los nuestros. Si este relativismo moral hubiera imperado en siglos anteriores, ¿cuántas muertes, por ejemplo, creéis que se hubieran evitado? ¿Cuánta gente hemos matado porque no tenía los mismos principios que regían en nuestra sociedad? No voy a enumerar ningún caso, pero a groso modo pensad en la Santa Inquisición, en el descubrimiento de América o en cualquier guerra fratricida.
Sin embargo, este relativismo moral que tiene todas las cualidades para convertirse en el mejor principio de todo el mundo, no ocurre así. Y no ocurre porque el hombre lo manipula, como todo lo que cae en sus manos. Lo acomoda a su ser. Lo prepara para su beneficio. Por ejemplo, un político. Cualquiera. Del signo que sea. ( Si las políticas todas son buenas, son los políticos las que las malean.) Un político te habla, te da un mitin o te manda un programa a casa. Hasta ahí todo perfecto. Sólo es teoría. Pero estos principios que alumbran su obrar de cada día él no los puede aplicar y no los puede aplicar, porque si los aplica taxativamente no encuentra su beneficio y el político tiene que ver ese beneficio disfrazado de lo que sea. Entonces empieza ese relativismo del que te hablé más arriba y que mal entendido viene a decir: "Déjame a mi este principio, que yo me lo voy a acomodar a mi o a mi partido, que va a parecer que no se le ha tocado y que nos va a beneficiar. Así mataremos dos pájaros de un tiro, nos llenamos los bolsillos o lo que sea y quedamos delante de la sociedad como intachables. Esto que he aplicado a los políticos, también nos lo podemos aplicar a cada uno de nosotros. Al final y como sigamos con este relativismo moral, todos tendremos que llevar esta etiqueta marxista en la solapa" Estos son mis principios. Si no les gusta, tengo otros"(Groucho Marx)

lunes, 15 de febrero de 2010

Crisis

Quizás sea la palabra que más se pronuncia últimamente. El mundo entero está en crisis. La humanidad entera está en crisis. La crisis ha entrado en nuestras vidas y forma parte esencial de ellas. De todo esto podemos hacer un título: La crisis como forma de vida.
Está en crisis la economía. No la de todos, sólo la de algunos currantes. Se ve que estos fueron demasiado deprisa en su camino hacia la riqueza y eso no puede ser. Hay que rectificar. Damos unos pasos atrás para poner a cada uno en su sitio. Si no dónde estarían los pobres a los que se refería Jesús, cuando dijo que siempre estarían con nosotros. Y es que ya no había pobres, nos estábamos quedando sin pobres. ¡Qué barbaridad! Todos disfrutaban de largos y hermosos préstamos con los que comprar casas, coches y exóticos viajes. La sociedad del bienestar podía con todo. Los bancos daban dinero a manos llenas. La sociedad se estaba igualando por arriba. Esto parecía el capitalcomunismo. Pero todo esto fue un sueño. Pues ya lo decía un labriego de mi pueblo: "Cuando venga el amo de los dineros nos vamos a enterar". Y el amo de los dineros vino y algunos se enteraron, precisamente aquellos que sólo habían empezado a soñar. ¡Qué mal despertar!
Está en crisis el matrimonio. Ya nadie cree en el matrimonio. Buenos los gays y las lesbianas, sí. Es que estos acaban de llegar. Dejadlos que se harten, que ya vendrán a las nuestras. El cincuenta por ciento de los casamientos hacen aguas a los tres años y el otro cincuenta no hacen aguas, pero viven "ahogaos". Y es que con tanta libertad haber quien es el guapo que se está quietecito en casa escuchando el jolgorio que hay en la plaza. Dicen los especialistas que el amor dura una media de tres años. Yo diría que lo que dura tres años es otra cosa. Y es que tenemos prisa por vivir, queremos acumular experiencias, que se nos acaba la vida, que son cuatro días. ¿Serían los antiguos más listos que nosotros? Antes nadie se separaba, pero todo el mundo tenía sus cositas. Porque haber, el hombre y la mujer, esencialmente, son los mismos ahora y antes, lo que cambian son las modas. Ya veréis, si Dios nos da vida, como volveremos a lo de antes: nadar y guadar la ropa.
La Tierra está en crisis. Nuestra madre Tierra está en crisis. El clima está loco. Las lluvias caen mal y a destiempo. Los huracanes arrasan por doquier. Los polos se desnudan de su piel de hielo. Los pájaros están desorientados. Los terremotos engullen ciudades enteras. Los árboles florecen en invierno. La capa de ozono es un papel de fumar. Todo esto ocurre en la Tierra, en ese paraíso en el que la vida nos ha puesto y nosotros no nos damos cuenta. Cometemos error tras error. Sólo queremos bienestar, ser ricos, aun a costa de arrasarlo todo. El fin no justifica los medios. Pero nosotros ya no sabemos de principios éticos ni morales. Nosotros sólo vemos el fin y si para vivir en nuestro particular edén tenemos que arruinar nuestra casa, pues que se arruine. El hombre no solo es un lobo para el hombre, es también un exterminador. El error podría ser nuestra salvación, pero sólo si nos damos cuenta que lo hemos cometido, sólo si humildemente lo reconocemos y aprendemos podría ser el error una fuente de salud.
Yo reconozco que estoy en crisis, pero tú también estás en crisis y el otro y el de más allá también. Todos estamos en crisis. Todos hemos gastado más de lo que podíamos. La vida nos dio un bosque y nosotros lo arrasamos para llenarlo de cemento. Nos dio un mar y lo hemos convertido en un vertedero. Nos dio aire limpio y lo convertimos día a día en algo fétido e irrespirable. La vida nos dio libertad y nosotros ¿qué hacemos? Suicidarnos. Eso, suicidarnos. Nos suicidamos con alcohol, con tabaco, con drogas, con estrés, con interminables jornadas de trabajo, con pesticidas. No suicidamos y ayudamos a que todo lo que está a nuestro alrededor se suicide también. Cuando una especie se extingue, es un suicidio. Cuando un sunami arrasa, es un suicidio. Cuando un polo se derrite, es un suicidio.
Todo está en crisis, porque el hombre vive en crisis. Hemos hecho de la vida un estado de crisis y en ella nos conformamos y pensamos ya que la crisis es algo normal. Pero no. Necesitamos un nuevo estado de conciencia para saber que vivir en crisis no es algo normal. Que salir de ella no es más que reconocer nuestro errores y que alguien que tenga los pies en la Tierra, o mejor, en el cielo nos dijera: "hombre, levántate y anda".

lunes, 8 de febrero de 2010

Ejercicios espirituales

NOTA:Queridos amigos y amigas, después de este paréntesis en el que no he escrito absolutamente nada, me propongo volver a mi disciplina de la escritura. No creáis que no me cuesta. Le he dado muchas vueltas antes de empezar, pero lo que no acepto es que durante toda mi vejez duerma la siesta de once a doce de la noche delante del televisor. Espero no haber perdido ningún lector de los que me han leído en mi etapa anterior.
Os daré una buena noticia. Ya he publicado un libro. Pero no os asustéis, aún no lo ha comprado nadie. Mi hija Ana, me dio la sorpresa el día de Reyes. Llevó mis artículos a una imprenta y me dio la gran sorpresa. Por algo se empieza. Miguel también ha hecho su gruta. Seguro que está orgulloso de su obra, como yo lo estoy de la mía. Si alguno quiere el libro que me lo pida. Su precio es un abrazo y se lo daré con dedicatoria.
En esta nueva etapa me propongo contestar a todo aquel que me ponga un comentario. A veces se le pasan a uno cuestiones elementales. Un abrazo a todos.







Aún recuerdo aquellos ejercicios espirituales que hacíamos en el seminario. En silencio, con total recogimiento, paseando de un lado para otro. Sin embargo no guardo cariñoso recuerdo de esta actividad del alma. Y no eran propicios a mi alma, precisamente porque eran dirigidos y yo, en mi indomable espíritu, no acepto intermediarios entre la divinidad y mi persona. Quiero un trato directo con Dios, porque, amigos, todo se deforma cuando la palabra de Dios va de boca en boca. En cualquier parte del mundo, en mi pueblo, por ejemplo, en un cerro, entre los olivos, mirando hacia el cielo o boca abajo, en un día nublado o radiante, con un semblante triste o jubiloso, yo me suelo comunicar muy bien con los dioses que me rodean. Y digo dioses porque a veces Dios se multiplica. Se multiplica si abrimos los ojos y observamos que todo lo que nos rodea es Dios en las cosas. Pero si cierro los ojos, la multiplicidad se recoge y capto en décimas de segundo la esencia de algo que mi mente no comprende y que mi alma siente.
Ya he dicho que no me gustaban los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola. Los encontraba, aunque parezca una contradicción un tanto artificiales. Eso de coger a una serie de individuos, apartarlos del mundo, soltarle una serie de conferencias con el fin de transformarlo en un ser más de Dios que cuando empezó, no me parece algo que suceda de una forma natural. Más me parece un experimento de laboratorio a los que hoy somos tan aficionados con los programas de televisión que tanto éxito tienen. Nunca pensé que de estos ejercicios saliese una persona mejor de la que entró, ni un fiel más creyente de lo que fue. Estas cosas necesitan además de tiempo un ritmo, una intimidad y unas cadencias que sólo se las puede dar el propio individuo. Porque el alma de cada cual es tan particular, que tus palabras, las del director espiritual, no pueden encajar en mi ser. En mi ser sólo encaja algo que tenga mi ADN. Y eso sólo me lo puede dar algo que viva dentro de mí.
Por otro lado, la frase "Ejercicios espirituales" no es de San Ignacio de Loyola. Ya existía. Y no existía aplicada a la religión, sino aplicada a la filosofía. Muchos filósofos de la Antigua Grecia ya la utilizaban para referirse a las actividades del espíritu con el fin de mejorar moralmente al individuo. Empédocles la utilizaba como rememoración de vidas anteriores. Los estoicos, como transformación de la vida. Los epicureos, como examen de conciencia. Aristóteles, como un medio para alcanzar el saber. Platón, como un aprender a morir. Plotino, un místico neoplatónico, predicaba esta actividad espiritual para mejorar moralmente al individuo. Y, finalmente, Beethoven utilizaba esta expresión cuando componía. Por lo tanto esta expresión que antiguamente tenía un ámbito semántico mucho más amplio, quedó reducido desde San Ignacio al círculo religioso. En consecuencia y con permiso de quien corresponda, de aquí en adelante a estos ejercicios espirituales les llamaré "ejercicios religiosos del alma" y a las actividades del espíritu, sean religiosas o no, les llamaré "ejercicios espirituales".
Ahora ya me siento más a gusto con el nuevo sentido de la expresión. Y me siento más a gusto porque a mis años he descubierto que yo soy un gran amante de los ejercicios espirituales. Amo los ejercicios espirituales porque me quiero mejorar día a día como persona.(Las connotaciones religiosas se las pongo yo, si las hubiere). Hago ejercicios espirituales cuando mi alma me lo pide. Surgen de una forma natural y espontánea. Los hago en el silencio y en el bullicio. En la cama o en la playa. En recogimiento o en algarabía. Pero mis ejercicios espirituales son míos, nadie me los dictó. Me vienen al dedillo y los digiero sin necesidad digestivos. Me noto mejor como persona precisamente porque ahora me siento más definido ante los demás. Soy yo, no los demás.
En los últimos tiempos he encontrado una forma maravillosa de hacer ejercicios espirituales. Se trata de escribir. Escribir lo que sale de dentro de ti, sin miedos, ni demagogias, sin animo de dar lecciones, sin animo de influir en nadie, porque como he dicho más arriba, para comunicarte con Dios no necesitas a nadie, sólo pararte y dejar que te llueva.






viernes, 15 de enero de 2010

El sentido de la vida

Muchas personas se pasan la vida buscándole un sentido que a menudo no se lo encuentran y no se lo encuentran porque o bien transcienden la pura existencia o bien se hunden en el más puro materialismo. Y es que a veces nos cuesta mucho trabajo centrarnos en lo que estrictamente somos. Cuando transciendes la pura existencia, te elevas a un estadio en el que tu pensamiento se encuentra muy inseguro y has de tirar de fe, de dogmas y de misterios. Me parece muy bien que el que lo quiera así, pues que se instale en lo sobrenatural. A lo mejor no vive esta vida pensando en la otra, resultando que la venidera está por venir y el futuro no es un pájaro en la mano ni aquí ni en ningún sitio. Si te da la sensación que con la primera opción te has pasado, con la segunda, el materialismo, tienes la impresión que te quedas corto, que tus aspiraciones, como hombre no acaban de colmarse, que necesitas algo más como ser espiritual y reflexivo que eres. Entonces buscas algo que te colme si no al cien por cien, por lo menos que no repugne a tu inteligencia y que te sientas cómodo en los límites de lo que establezcas. Los humanos vivimos muchas veces en depresión existencial porque antes de decir lo que queremos, tenemos que saber lo que somos. Por ser seres reflexivos y espirituales, no por eso hemos de deducir que nos espera un mundo eterno y espiritual. Ni por sentirnos cosa, hemos de pensar que una piedra y yo somos la misma cosa. Así la depresión nos viene por sentir inseguro e inalcanzable lo primero y repugnante lo segundo. Yo no digo que no exista todo lo que la mente o las ganas humanas se puedan imaginar, lo que digo es que no es serio ni seguro para nuestra existencia sentar nuestras bases sobre la fe o sobre la pura química.

Creo que a la vida se le tiene que buscar el sentido dentro de los límites de nuestra existencia, como seres que piensan, que reflexionan, que tienen aspiraciones, pero que son finitos. Yo, sinceramente, sólo sé esto del hombre y el que sepa algo más que lo diga. La fe no es saber. La fe es un sentimiento, una aspiración, un ansia. Instalarse en esto es muy lícito y el que con la sola fe se sienta seguro totalmente, que me lo explique, que yo también lo quiero estar. El hombre, como ser mortal, vive en la Tierra entre un nacimiento y una muerte. Esto lo sabemos. También sabemos que cuando nacemos, no nacemos totalmente desnudos. La vida nos ofrece vida, para que nosotros, como en la parábola del denario, la trabajemos. Para que nosotros, con esa vida, hagamos la nuestra. Nuestra particular vida. Para que la desarrollemos durante todos los años que vivamos. “El hombre es lo que hace con lo que la vida le ha dado” . No querrás llegar al final de tus días con el denario en tus bolsillos. Entonces tu vida no habrá tenido sentido, porque llegaste al final con lo mismo que la vida te dio. Gabriel García Márquez dijo que su vida iba tomando sentido en la medida en que la iba convirtiendo en literatura. Fijaros, la iba convirtiendo. Luego la vida es un ir desarrollando lo que llevamos dentro. Al final tendremos que hacer como el incansable salmón, subir poderoso el río para desovar en las tranquilas y limpias aguas de un remanso. Finalizado esto, el salmón muere. Ese fue el sentido de su vida.

Por eso cuando meditamos, principalmente para conocernos y después para saber lo que cada uno lleva dentro, es fácil reconocer como García Márquez, cuándo se está dando ese proceso por el cual nuestra vida toma sentido. Porque también podría ocurrir que vivamos engañados creyendo que estamos en el camino correcto y no sea así. Las turbulencias de éste nuestro mundo nos lo puede hacer ver así. Sin embargo hay varios varemos de medir este sentimiento, especialmente esa sensación de bienestar, de sentirnos vivos, de paz espiritual que nos produce. Cuando te acuestes con esta sensación es que estás viviendo tu vida, con todo su sentido incluido.

martes, 12 de enero de 2010

El gatillazo

Cada vez que pienso lo que le pasó a mi amigo Fernando aquel aciago día de caza se me salen las ternillas de su sitio. Sin embargo la cosa no es para reírse, pues como ya veréis el asunto no es para tomerselo a broma.
A mi amigo no le gusta la caza. Aún más, yo me atrevería a decir que por su gusto sería un vegetariano convencido, si no fuera porque a Mirian, su mujer, le repatean los esposos hervíboros. Ella dice que un hombre con arrestos tiene que estar hecho de carne, no de forraje. Fernando es un esposo dulce, dócil, cariñoso. Obediente hasta la humillación. Condescendiente hasta el aburrimiento. Un marido siempre fiel, siempre atento.
El otoño estaba avanzado y los días cada vez eran más cortos. Andaban por un camino algo escarpado, húmedo y lleno de ramas secas que se enredaban entre las piernas. Mirian, que no había querido ponerse pantalones, sentía cómo la humedad del bosque le subía por las piernas. Ella, sin embargo no quiso decir nada para no dar la razón a su marido que le había aconsejado que se los pusiera. Después de una larga y silenciosa caminata llegamos al lugar.
Fidel, el jefe de Fernando, fue el que estableció los puestos. A mi amigo y a Mirian los acomodó en el número cinco. Era una especie de promontorio desde el que se divisaba bien la pequeña vaguada que quedaba a nuestros pies. Semejaba una especie de choza disimulada con ramas, supongo que para no dar el cante. Fidel, que había invitado a mis amigos, le dio a él una escopeta y una caja de cartuchos. Les ordenó que se sentaran y guardaran silencio, esperando órdenes que les llegaría por el walkie talkie.
Fernando se sentó y sacó unos prismáticos que su mujer le regaló en su viaje de novios. Mirian por su parte, se hincó de rodillas, extendió el saco de dormir y sacó una botella de anís seco que había comprado en la cantina del coto. Esa guerra no iba con ella. Él no paraba de mirar ansioso a la quieta naturaleza del amanecer. Ella escudriñaba cada uno de los rincones de la nueva mansión. Una mansión incómoda, fría, pequeña, distinta. Por su gusto no hubieran venido, pero a Fidel después de lo que había hecho por su marido no se le podía dar una negación por respuesta. Con todo esto ya estaba amaneciendo y a Mirian después de unos cuantos tientos a la botella se le había descolocado algo la cabeza y se sentía como más cariñosa. Miraba a su marido y lo veía guapo y guerrero. Ella, recostada de medio lado, pasaba la mano a su marido por la parte interior de la pierna. Lo hacía con insistencia forzando la pierna hacia sí. Fernando, que ya había notado algo raro en la actitud de su mujer, no daba crédito a lo que estaba pasando. Su mujer, que llevaba un año sin mirarlo, se lo estaba proponiendo en una fría mañana, en una incómoda choza y rodeado de enemigos por todos lados. No daba crédito a lo que estaba pasando. Esperó un poco más por ver si el asunto era pasajero. Más no fue así. Mirian, desbocada después de un nuevo trago, se deshizo del saco, se levantó la falda, se bajó las medias de lana gruesa y en un acto de poderío colocó la mano de Fernando allí donde nunca falta el calor y donde hacía mucho tiempo él no había estado. Mirian movía la mano muerta de su marido a su gusto y antojo y desde su posición imploraba a Fernando que sacase la "escopeta" ya de una vez por todas. El no se daba por enterado ni quería darse. Era un convidado de piedra, que hubiera preferido no ser. Pero ella no se daba por vencida y de un salto se colocó encima de Fernando. Cogío la botella de anís, se la colocó en la boca, le desabrochó la bragueta con velocidad asesina y traginó lo que allí encontró con ritmos endemoniados, pero Fernando tenía la sangre en otro sitio. O mejor, creo que la tenía helada. Mirian no sabía ya lo que hacer. Se puso dulce, arisca, condescendiente, sumisa, cariñosa, todo. Dos mundos que se alejaban a velocidades de luz. Uno se hundía en el fuego abrasador y el otro en los gélidos hielos de la ineptitud. Mirian, desesperada, se separó de su marido de un salto y con las manos entre las piernas se quedó inmóvil, hecha un cuatro, gimiendo apenas. Se hizo, entonces, el silencio más grande en la pequeña choza. De pronto, se oye un vozarrón, por el walkie talkie que decía" ¡Coño, Fernando, qué cojones haces con tu mujer, que está pasando el bicho por tus mismas narices y tú no le dices ni los buenos días" Fernando, con el resorte de un soldado fiel, pega un salto y con los pantalones a media pierna coge la escopeta ya cargada, pone su dedo en el gatillo y sale corriendo hacia el puesto de tiro que estaba unos metros más abajo. Fernando, en su carrera de cinco metros hacia el puesto, tropieza y cae, con tan mala suerte que la escopeta al apoyarla involuntariamente contra una piedra se le dispara y la bala atraviesa limpiamente el hombro de Mirian, que ante las voces, se había incorporado de un salto.
Ya en el hospital mas cercano, el cirujano que la había operado le tranquilizó y así de una forma un tanto campechana le dijo: " Fernando, estuvo a punto de cargarse a su mujer de un gatillazo". Fernando, dio la mano al médico sumamente agradecido y con la mirada perdida hacia dentro se encaminaba hacia la habitación del hospital para acariciar la mano de su Mirian.